Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lingard no contestó. Las palabras de Almayer, aquella descripción de Willems recorriendo las islas y sembrando en ellas el desorden, la discordia y la violencia, le habían dejado pensativo y taciturno. Al cabo de unos momentos, Almayer se dirigió como de mala gana hacia la pasarela y bajó lentamente los escalones que le conducían a su bote. Lingard, que había estado mirándole de un modo distraído, se acercó a la borda y gritó:
—¡Eh, Almayer! Espere un poco.
Almayer hizo una seña al remero para que detuviera el bote, y levantó la cabeza.
—Escuche —siguió diciendo entonces el capitán—; necesito una buena canoa con cuatro hombres para hoy mismo.
—¿La quiere usted ahora? —inquirió Almayer.
—No, no —repuso el capitán, mientras el bote de Almayer se acercaba de nuevo a la goleta—. ¡Cuidado! Cojan ustedes esta cuerda —siguió diciendo Lingard mientras arrojaba a la canoa un rollo de cuerda—. No, el sol es demasiado fuerte para mí. Además, me gusta llevar a cabo los negocios con discreción y seguridad. Mándeme esa canoa, con cuatro remeros, ¿comprende?, y su silla extensible de brazos. Envíemelos al caer la tarde. ¿Me oye?
—¡Muy bien, capitán! —contestó Almayer amablemente—. Enviaré a Alí en busca de un buen piloto, y le mandaré a mis cuatro mejores remeros. ¿Nada más?