Un vagabundo de las islas

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—Nada más, muchacho. Que no vengan muy tarde.

—Supongo que no acostumbra usted a decir adonde va —añadió Almayer, sin poder contenerse—, porque si va usted a ver a Abdulah, yo…

—No voy a ver a Abdulah. Hoy no. Esta vez no puede usted venir conmigo.

Lingard observó cómo se alejaba la canoa y agitó la mano contestando al saludo de Almayer. Luego, se dirigió al puente, sacó la carta de Abdulah y comenzó a leerla de nuevo. Después, sus puños se crisparon, como si estrechara ya entre sus dedos la odiada garganta de Abdulah. Y ya se disponía a guardar de nuevo el papel cuando, cambiando de pensamiento, hizo una pelota con él y lo arrojó al mar.







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