Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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I

La noche era muy oscura. Por primera vez desde hacía muchos meses, toda la costa Este permanecía invisible bajo una espesa capa de nubes, que el monzón había acumulado, empujándolas hacia aquel sitio, durante todo el día. Al caer el sol, las nubes, bajísimas, se encendieron un momento y luego quedaron como prendidas en las copas de los altos árboles, henchidas de lluvia, amenazadoras y terribles.

Babalatchi salió de su cabaña de bambúes, aspiró el aire pesado y cálido, miró alrededor y luego permaneció unos momentos inmóvil, como intimidado por el extraño y profundo silencio que rodeaba la casa de Lakamba. Cerró por un instante su único ojo, y al volverlo a abrir había recobrado la vista tan por completo que podía ver con toda precisión los contornos de los grandes árboles, las casas abandonadas y los matorrales de la ribera, en la oscura lontananza de la noche negra. Babalatchi atravesó la gran explanada de la casa de su jefe y amo, bajó hasta la orilla del río y se detuvo, escuchando el susurro del agua invisible que corría a sus pies, el dulce murmullo, grato como una caricia, de la canción del agua.



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