Un vagabundo de las islas

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Su pecho parecía dilatarse al oír aquel susurro. Era el río que tanto conocía, las aguas que corrían veloces, interminables, siempre hacia el mar, portadoras de penas o de alegrías, de triunfos o de derrotas; las aguas oscuras, que podían llevar o traer amigos o enemigos, nutrir el amor o el odio en su fondo, salvar la vida o dar la muerte; en una palabra: allí estaba el gran río, que era a la vez la libertad, la prisión, el refugio o la sepultura.

El malayo volvió a suspirar, mirando con su único ojo la negra corriente del Pantai. El bárbaro político había olvidado el reciente éxito de su conspiración para hundirse en una profunda melancolía que le hacía ver la noche más negra, el aire más pesado, la triste soledad de aquel sitio más indicadora de tormentos y amenazas que de paz y dulzura. Había pasado la noche anterior al lado del cadáver de su amo, Omar, y a las veinticuatro horas, su memoria parecía volver a aquella casita, donde podía decirse que se habían venido al suelo sus ideales, tanto tiempo sostenidos por su espíritu de venganza contra los blancos odiosos y egoístas.

Babalatchi se sentía descorazonado. Durante algunos minutos, un terrible pesimismo se apoderó de su ánimo. Después lanzó un profundo suspiro, un suspiro amargo, de hombre colérico, impotente, solo y desengañado. Y se tuvo que contener para no lanzar un grito de rebeldía y de infinita desesperación.


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