Un vagabundo de las islas

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Luego miró al cielo, y poco a poco se fue serenando, alentándose a sí mismo, diciéndose que quizá sus planes triunfarían al fin plenamente.

De pronto, aguzó el oído.

La noche, por silenciosa que sea, siempre deja oír algún rumor para un oído atento y agudo. En aquel momento, Babalatchi creyó percibir algo más que el susurro de las aguas y el leve silbido de los remolinos del río. Volvió la cabeza a derecha e izquierda y permaneció alerta. Luego, miró hacia atrás como si fuese a ver el alma de su jefe difunto que llegara flotando hasta él. No vio a nadie. Sin embargo, había oído un ruido, un ruido extraño. ¿Algún aparecido? Escuchó aún, pero no oyó nada. Entonces, tranquilizado, Babalatchi dio algunos pasos en dirección a su casa. Pero, de pronto, oyó una tos seca y se detuvo. Se encaminó entonces hacia la orilla del río, escuchando sin ninguna emoción y procurando atravesar la bruma y las tinieblas con su único ojo. No pudo ver nada. Sin embargo, había alguien en el río, en una canoa, y muy cerca, por cierto, porque Babalatchi pudo oír perfectamente este diálogo, sostenido en tono normal:

—Yo creo que es aquí, Alí. Pero no veo nada.

—Debe de ser cerca, tuan —contestó otra voz—. ¿Nos acercamos a la orilla?


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