Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—No, no. Deja ir el bote a la deriva. Si nos acercáramos a la orilla podríamos encallar en algún banco o estrellar la barca contra un tronco de árbol o una roca. Hay que tener mucho cuidado. Aquí parece existir un claro en el bosque. Ya veremos la luz de cualquier casa. ¿No hay muchas casas en la hacienda de Lakamba?

—Muchas, tuan. Sin embargo, no se ve ninguna luz.

—No, no se ve nada —añadió la primera voz, casi frente a Babalatchi, que permanecía inmóvil y silencioso.

Pero unos segundos después volvió la cabeza para mirar a su propia casa, por cuya puerta entreabierta se filtraba una luz vaga y difusa, como una pupila de la noche. El malayo pensó entonces que los hombres que iban en la canoa debían de estar tan ocultos en la espesura de la orilla que no veían su casa. No sabía si llamar a los desconocidos. Y mientras permanecía indeciso volvió a oír las voces de los ocupantes de la canoa, algo más abajo de donde él estaba en aquellos momentos:

—Nada, nada. Y, sin embargo, estoy seguro de que estamos cerca. Déjalos que remen, Alí.

Esta orden fue seguida del ruido de los remos al hundirse en el agua. De pronto, Babalatchi oyó exclamar en tono de triunfo:

—¡Eh, atención! ¡Veo una luz, veo una luz! Ya sé dónde podemos desembarcar, tuan.


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