Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Se oyó el ruido del agua al chocar violentamente contra los remos inmovilizados de golpe para contrarrestar la marcha de la pequeña embarcación, y luego otra vez el chapoteo de la madera en la superficie líquida. La canoa se acercaba a la orilla.

—Llama —gritó muy cerca una voz, que a Babalatchi se le antojó la de un hombre blanco—; llama, y quizá venga alguien con una antorcha. No veo nada.

Sonó un grito, lanzado casi al lado mismo de Babalatchi, el cual seguía silencioso e inmóvil en la oscuridad. Para cubrir las apariencias, el malayo retrocedió en silencio, y cuando llegó al centro de la gran explanada gritó mientras se aproximaba de nuevo lentamente a la orilla:

—¿Quién hay en el río?

Su voz denotaba una sorpresa bien fingida.

—Un hombre blanco —contestó Lingard desde la canoa—. ¿No hay una antorcha en la hacienda de Lakamba para alumbrarnos mientras desembarcamos?

—No hay antorchas ni hombres aquí. Estoy solo —contestó Babalatchi, en tono vacilante.

—¿Solo? —exclamó Lingard—. ¿Quién es usted?

—Un criado de Lakamba. Pero pueden ustedes desembarcar, tuan, y venir hacia aquí. Ésta es mi mano. Aquí estoy. No, por este lado, tuan. Están ustedes en lugar seguro.


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