Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¿Y está usted solo aquÃ? —inquirió Lingard, que habÃa desembarcado y se acercaba a Babalatchi—. ¡Qué oscuro está esto, caramba!
—SÃ, estoy solo. ¿DecÃa usted algo? No le he entendido bien.
—No, no era nada. Es que esperaba encontrar aquÃ… Pero ¿dónde ha ido esa gente?
—¿Qué importa dónde pueda estar? —repuso Babalatchi—. ¿Ha venido usted a ver a mis amos? El último de ellos ha muerto y me ha dejado solo. Y yo me iré también mañana mismo.
—Pues yo venÃa en busca de un hombre blanco —continuó diciendo el capitán, mientras avanzaba con lentitud hacia la casa—. ¿Se ha marchado?
—No, no se ha marchado. Ya sé a quién se refiere usted.
HabÃan llegado a la veranda de bambúes de la casita de Babalatchi, y la luz del interior les dio a ambos en plena cara. Los dos se detuvieron, examinándose mutuamente con curiosidad.
—¿Está aqu� —preguntó el capitán en voz baja señalando la casa de Lakamba.
Babalatchi, que miraba fijamente a su interlocutor, no contestó en seguida.
Al fin dijo con solemne lentitud: