Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —No, no está aquÃ, aunque no andará muy lejos. ¿Quiere usted descansar en mi cabaña? Quizás encontremos arroz y pescado, y tengo agua muy fresca de un manantial cercano.
—No, no, gracias —repuso el capitán haciendo un gesto evasivo—. No tengo apetito, ni he venido aquà para descansar. GuÃeme usted hasta donde está el hombre que busco, y pronto. No tengo tiempo que perder.
—La noche es muy larga, tuan —murmuró Babalatchi con una leve sonrisa. Y en su simbólico lenguaje oriental añadió misteriosamente mientras miraba al cielo—: SÃ, la noche es muy larga, y luego vendrán otras noches y otros dÃas, largos, muy largos también. ¡Cuánto tiempo tarda un hombre en morirse, oh, rajá Laut!
Lingard se estremeció.
—¿Cómo? ¿Me conoce usted?
—¡Oh, sÃ! Hace muchos años le vi a usted y estreché su mano. Usted no se acuerda, pero yo no le he olvidado. Es natural, tuan, es natural; hay muchos hombres como yo, y, en cambio, sólo hay un rajá Laut.
Al decir esto, comenzó a subir la estrecha escalera que conducÃa a la veranda de su cabaña, invitando al capitán a hacer lo mismo.
Lingard le siguió después de un momento de duda.