Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El piso de bambúes se combó un poco bajo el peso del capitán, que miró hacia el interior de la cabaña de Babalatchi, llena de humo espeso. A la luz de la antorcha, Lingard pudo ver unas esteras sucias y rotas y el ángulo de una tosca cómoda, la mitad de la cual quedaba sumida en las tinieblas. En una esquina se veía una escopeta, y de las paredes pendían platos, cacerolas y otros útiles caseros. El techo estaba lleno de humo, y casi desaparecía tras aquella nube densa y azulada. Un indescriptible y complicado hedor, en el que se mezclaban los olores de la tierra endurecida y podrida, el del pescado putrefacto y los de Dios sabe qué materias condimentadas por el indígena en el fogón, envolvió a Lingard en cuanto traspasó el umbral de la cabaña. Se sentó en una especie de silla rústica y permaneció en actitud pensativa.
Babalatchi se dirigió entonces al fondo de la cabaña, hablando en voz baja a una o dos personas cuyas formas apenas se dibujaban en la sombra. Se oyó luego un levísimo ruido de pasos, una palabra dicha casi en voz alta y sofocada con un suspiro, y al fin se hizo el silencio, en medio del cual Lingard percibió con toda claridad la respiración de varias personas. Sin moverse, miró con disimulo hacia el fondo, y entonces vio algunas formas humanas que se acercaban casi hasta el límite de la luz y luego se retiraban y desaparecían en la sombra.