Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Babalatchi se aproximó al fin, extendió a los pies del capitán una alfombra algo menos mugrienta que las que había en la estancia y dijo:

—¿Quiere usted comer un poco de arroz y tomar sagú? He despertado a mi familia.

—Amigo mío —murmuró Lingard con énfasis, sin mirar siquiera al tuerto—, cuando yo vengo a ver a Lakamba o a alguno de los criados de Lakamba, no tengo nunca ni hambre ni sed. Además, ¿no decía antes que aquí no había nadie?

Y al decir esto se puso en pie y miró a Babalatchi con dureza. Pero el malayo, con el aire más cándido del mundo, contestó:

—¡Eh, eh, tuan!, ¿por qué me lo pregunta usted en ese tono?

—Porque sí, amigo mío —siguió diciendo Lingard—. Yo he vivido mucho, y…

Con ademán distraído, cogió la escopeta y comenzó a examinarla detenidamente. Luego comentó a media voz:

—Es una buena arma. El gatillo funciona bien. Sólo que el modelo es muy antiguo…

Babalatchi repuso con viveza:

—¿Muy antiguo? No lo crea usted, tuan. En mi juventud se la arrebaté a un árabe, a un árabe muy valiente. Me ha servido a maravilla más de una vez. Puede usted creerlo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker