Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Babalatchi se aproximó al fin, extendió a los pies del capitán una alfombra algo menos mugrienta que las que habÃa en la estancia y dijo:
—¿Quiere usted comer un poco de arroz y tomar sagú? He despertado a mi familia.
—Amigo mÃo —murmuró Lingard con énfasis, sin mirar siquiera al tuerto—, cuando yo vengo a ver a Lakamba o a alguno de los criados de Lakamba, no tengo nunca ni hambre ni sed. Además, ¿no decÃa antes que aquà no habÃa nadie?
Y al decir esto se puso en pie y miró a Babalatchi con dureza. Pero el malayo, con el aire más cándido del mundo, contestó:
—¡Eh, eh, tuan!, ¿por qué me lo pregunta usted en ese tono?
—Porque sÃ, amigo mÃo —siguió diciendo Lingard—. Yo he vivido mucho, y…
Con ademán distraÃdo, cogió la escopeta y comenzó a examinarla detenidamente. Luego comentó a media voz:
—Es una buena arma. El gatillo funciona bien. Sólo que el modelo es muy antiguo…
Babalatchi repuso con viveza:
—¿Muy antiguo? No lo crea usted, tuan. En mi juventud se la arrebaté a un árabe, a un árabe muy valiente. Me ha servido a maravilla más de una vez. Puede usted creerlo.