Un vagabundo de las islas

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—¡Ya, ya! —asintió Lingard en el mismo tono distraído—. Pero, de todos modos, me extraña que la deje usted enmohecerse así —añadió, y se sentó de nuevo, con la escopeta entre las rodillas.

—Pues enmohecida y todo es una escopeta excelente. Llévela donde quiera y se convencerá. Naturalmente, esto es mejor… —repuso Babalatchi.

Y Babalatchi tocó ligeramente la culata de un revólver que asomaba de un bolsillo de la americana blanca del capitán.

—¡Quite usted, hombre! —exclamó Lingard en tono festivo.

Sonriendo, Babalatchi se apartó un poco.

Hubo un largo silencio. Lingard, con el ceño fruncido, miraba a Babalatchi fijamente, mientras el malayo trazaba con un dedo líneas misteriosas en la estera en que se había sentado. Del exterior llegaban las voces y las risas de los remeros, que habían encendido una hoguera en la gran explanada de la casa de Lakamba y se agrupaban alrededor del fuego.

—Bueno, ¿qué hay de ese hombre blanco? —preguntó al fin Lingard.

Babalatchi pareció no oír la pregunta. Siguió trazando signos misteriosos en la esterilla, y al fin dijo:


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