Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Ah, el hombre blanco! Ya sé. Aunque no importa quién sea. Ése u otro hombre blanco le inspiran… ¿No es usted marino?
—Si lo sabe, ¿por qué me lo pregunta? —repuso Lingard en voz baja.
—¡SÃ, sÃ, ya sé! Usted es marino, como nosotros lo somos en el fondo. Y, como nosotros, los malayos, no siente gran simpatÃa por los otros blancos.
—Se equivoca, amigo mÃo. Yo siento sincera simpatÃa por los blancos. Lo que ocurre es que no me gusta hablar más de lo preciso para expresar mis sentimientos y mis deseos, ¿comprende? He venido aquà a ver a ese hombre blanco que ha ayudado a Lakamba a levantarse contra Patalolo, porque Patalolo es mi amigo y aliado. DÃgame dónde está ese hombre. Tengo que hablar con él.
—¿Cómo? ¿Hablar con él nada más, tuan? La noche es muy larga, y la muerte sólo es cuestión de unos momentos —repuso Babalatchi, hablando en su simbólico lenguaje—. Eso lo sabe usted, que ha tratado y comerciado con tantos hombres de mi raza. Yo mismo luché contra usted hace muchos años, con las armas en la mano. ¿No lo recuerda? Fue en Carimata, muy lejos de aquÃ.
—Yo no puedo recordar a todos los vagabundos que he encontrado en mi camino —repuso el capitán, seria y gravemente.