Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—Y ahora, tuan, ya lo sabe usted todo. Lakamba vive en el antiguo palacio de Patalolo. Abdulah ha empezado a construir varios almacenes y casas en Sambir, de piedra, por cierto, y como el pobre Omar ha muerto, yo no me marcharé de aquí y viviré con Lakamba como un criado más. ¡He servido a tantos amos! El mejor de ellos duerme ya para siempre en la tierra, envuelto en una sábana, sin ninguna señal sobre su tumba, excepto las cenizas de la pobre cabaña donde murió. ¡Sí, tuan! El hombre blanco, lleno de cólera por el dolor de la hija del muerto, destruyó la casita de bambúes, mejor dicho, la choza donde murió mi pobre amo. Sí, tuan; el infame, con una antorcha en la mano, penetró en la choza donde yo acababa de enterrar el cadáver de Omar y me gritó que saliera pronto, me maldijo en el nombre de su Dios y me amenazó con abrasarme vivo si no me marchaba con la rapidez que él quería. A la muchacha le dijo lo mismo. Luego le pegó fuego a la choza de bambúes.

—¡Oh, el infame! —murmuró Lingard, horrorizado—. Pero, escuche; usted sabe que ese hombre blanco os una excepción, que no es como los otros. Ese hombre es… ¡no sé cómo decirle!

Babalatchi levantó la mano con desdén. Luego sonrió con sarcasmo, mostrando dos filas de dientes relucientes y rojos de mascar betel.


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