Un vagabundo de las islas

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El capitán comenzaba a comprender. Luego, disimulando sus pensamientos, dijo:

—Parece que se irrita usted, Babalatchi.

—No, no me irrito, tuan —repuso el indígena serenándose—. No me irrito. ¿Por qué? Yo sólo soy un pobre malayo, que ha tenido que huir muchas veces ante los hombres blancos, ante los hombres de su raza. He sido criado de unos y de otros, y he tenido a veces que trabajar y dar consejos por un puñado de arroz. ¿Por qué he de estar irritado ahora? Además, ¿de qué sirve la cólera cuando no somos fuertes para luchar? Pero déjeme decirle que ustedes, los blancos, lo han acaparado todo aquí, como en todas partes: la tierra, el mar, la fuerza para la guerra…, dejándonos a los indígenas solamente su justicia, una justicia de hombre blanco, que juzga en frío, sin apasionarse jamás.

Se levantó, se acercó un momento al umbral y miró hacia el campo dormido. Luego volvió a entrar y se apoyó en la pared. La antorcha, casi completamente consumida, ardía penosa y difícilmente, con una ligera crepitación de la llama vacilante. Lingard pensaba en Willems, al que le era preciso ver. ¿Dónde estaba? ¿Acabaría por saberlo?

De pronto, Babalatchi comenzó a hablar de nuevo en voz muy baja. Lingard parpadeó y levantó la cabeza, como si despertara.


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