Un vagabundo de las islas

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—Sí —prosiguió Babalatchi en el mismo tono triste—, ha muerto ciego, en la oscuridad más completa. Yo me senté a su lado y le cogí una mano entre las mías, pero él no podía verme. Ella, a la que el padre había maldecido por causa del hombre blanco, estaba allí también, y lloraba con el rostro oculto entre las manos. El hombre blanco se paseaba por la gran explanada, asomándose de vez en cuando al umbral, contento y alegre de que el moribundo estuviese ciego. ¿Sonríe usted? ¡Sí, se alegraba! En las primeras horas de la mañana, el ciego, tan débil, se puso en pie y murmuró unas cuantas palabras que no iban dirigidas a los oídos humanos. Yo le sostuve, pero al infeliz le había llegado la hora de comparecer ante el Justo. Las gentes de la casa me llevaron una sábana blanca, y yo le envolví en ella, y luego cavé su fosa. Su hija lloraba. El hombre blanco se acercó a la puerta y comenzó a gritar, pero sus gritos eran de cólera. Luego cogió a la mujer por un hombro y la sacó a la fuerza de la estancia. ¿Comprende usted, tuan? Yo, que acababa de ver morir a Omar, vi entonces a la muchacha caída a los pies de aquel perro blanco que me había engañado, retorciéndose e implorando perdón por el dolor que le causaba la muerte de su padre. ¡Era horrible! ¡La hija de Omar, del hombre que un día fue grande y fuerte, arrastrándose a los pies de aquel esclavo de Abdulah! Por eso mis puños se crispan, como se crispan de orgullo y a la vez de cólera por el hecho de que estemos bajo la bandera holandesa y de que Abdulah pueda hablar de igual a igual al gobernador de Batavia. Nosotros no queremos tener ningún conflicto con los hombres blancos. Abdulah ha dado una orden, y yo la obedeceré.


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