Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —No, para mà no —repuso el capitán—. No habÃa vuelto a acordarme de él hasta que usted ha pronunciado su nombre hace un momento. Usted no nos comprende: nosotros, los blancos, peleamos, vencemos y dominamos a nuestros enemigos, pero los olvidamos en absoluto.
—¡Ya, ya! —dijo Babalatchi con cortés ironÃa—. Los blancos son tan grandes que no quieren siquiera recordar a sus enemigos. ¡Ya, ya! Nos compadecen y desprecian tanto, que llegan a olvidarnos. Usted es muy bueno, señor, muy bueno; pero yo pienso que entre ustedes mismos hay alguien a quien usted recuerda perfectamente. ¿Verdad que sÃ?
Lingard no contestó. Sus hombros se alzaron de un modo imperceptible. Luego apoyó en las rodillas los cañones de la escopeta y examinó distraÃdamente el gatillo.