Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Usted es marino, y nos quiere. Pero no me arrepiento de lo que acabo de decir que es todo lo que hay en mi corazón. Además, usted es un hombre fuerte y noble. Solamente una vez ha sido el mar más fuerte que usted, rajá del mar.
—¿Cómo? —preguntó Lingard con asombro—. ¿Acaso sabe usted que…?
—¡Oh, sÃ! Hasta nosotros llegaron las noticias de lo que le habÃa ocurrido a su barco, y algunos se alegraron mucho de ello. Yo, no. Entre los blancos, que son demonios, usted es al menos un hombre.
—¡Gracias, amigo, gracias!
Babalatchi sonrió ligeramente. Luego, su rostro adquirió una expresión grave y triste.
—Si hubiera usted venido un dÃa antes, tuan, habrÃa visto morir a un enemigo. Le hubiese usted visto morir pobre, ciego, desgraciado, más miserable que nadie, sin dejar un hijo que cave su sepultura y hable eternamente de su valor y de su sabidurÃa. SÃ; habrÃa visto al hombre que un dÃa luchó contra usted en Carimata, entonces fuerte y poderoso; le habrÃa visto morir aquà solo, abandonado por todos menos por mÃ, un amigo noble y leal. Hubiera sido un gran espectáculo para usted.