Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Ésas son palabras de un verdadero hombre blanco! —murmuró Babalatchi amargamente—, pero yo los conozco bien. Dicen eso mientras cargan los cañones y afilan las espadas; y cuando están armados hasta los dientes, entonces se vuelven hacia los débiles y les dicen: «¡Obedéceme y sé feliz… o mueres!». ¡Ah, sÃ, yo conozco a los blancos! Ustedes creen que sólo su sabidurÃa, su virtud y su felicidad son las verdaderas. Y lo único que ocurre es que son fuertes, pero no sabios. Un tigre sabe cuándo tiene hambre y cuándo no la tiene; conoce la diferencia que hay entre él y los seres que hablan, los hombres. En cambio, los blancos no comprenden la diferencia que hay entre ustedes y nosotros…, que somos hombres también. Tal vez sean ustedes inteligentes y grandes, pero en el fondo siempre serán unos locos.
Como un iluminado, levantó ambas manos con tanta violencia que la nube de humo que ocultaba el techo se estremeció, como si hubiese entrado una bocanada de aire. Lingard le miró con curiosidad.
—¡Vamos, vamos! —repuso con dulzura—. ¿A quién he matado yo aqu� ¿Dónde están mis cañones o mis sables? ¿De qué diablos está usted hablando, hombre? ¿A quién he devorado yo, vamos a ver?
Babalatchi pareció calmarse y contestó con calculada cortesÃa: