Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Mire usted allÃ, tuan. Aquélla es su casa. Por aquella puerta va a aparecer él bien pronto, con los cabellos en desorden y la boca llena de maldiciones. Siempre maldice. Como buen hombre blanco, nunca está contento ni satisfecho, y yo creo que maldice hasta en sueños. Como puede usted observar, su puerta da frente a esta ventana, que queda oculta a sus ojos. FÃjese qué cerca está.
—SÃ, sÃ, ya veo. Podré verle en cuanto se levante.
—Desde luego, tuan; le verá cuando se levante. Si usted sigue aquÃ, él no podrá verle a usted, lo cual es una gran ventaja. Nadie puede verle a usted. Yo me marcharé pronto en mi canoa. Soy un pobre criado, y debo ir a Sambir para saludar a Lakamba y ponerme a sus órdenes cuando despierte. Tengo que acatar las órdenes de Abdulah, que es muy fuerte y poderoso, más que usted mismo, tuan. Ahora, si usted permanece aquÃ, podrá ver perfectamente al hombre que se ha aliado con Abdulah sin dejar de llamarse amigo de usted, aunque luchando contra su aliado Patalolo. SÃ; Willems tramó con Abdulah lo de la bandera holandesa en Sambir. Lakamba estaba ciego entonces, y yo fui engañado como un niño. Y usted tenga cuidado, porque le engañará también. Se jacta ante todo el mundo de engañar a quien quiere.
Apoyó la escopeta en la pared y añadió: