Un vagabundo de las islas

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—Bien, yo me marcho, tuan. Tenga usted cuidado con la escopeta. Está cargada, y le he puesto el pedernal, que no falla nunca.

Lingard miraba hacia fuera, donde los pájaros, cada vez más numerosos, revoloteaban sobre los campos y los bosques, que empezaban a despertar. Una bandada de pájaros blancos, de esos que los indígenas llaman «pájaros del arroz» por frecuentar los arrozales, levantó de pronto el vuelo, y al llegar sobre los árboles de un bosque vecino se esparció en todas direcciones, como si fueran los fragmentos de una granada extraña y silenciosa. Aquí y allá surgían figuras de mujeres y de los primeros trabajadores del campo. Se oían voces y cánticos, y más lejos otras voces que contestaban. Babalatchi tosió varias veces y dijo aún:

—Bien, me voy. Ahora sí que me voy. ¿Quiere usted cuidar un poco de mi escopeta? No tengo más remedio que marcharme, porque soy un hombre que sabe obedecer, que obedece a todo el mundo; ya ve usted, hasta al mismo Abdulah, que me ha engañado. Si necesita mi escopeta, considérela como suya. Es de gran alcance, tuan, como usted habrá visto. Y le he puesto doble carga.

Lingard miraba a su interlocutor triste y distraídamente. Pero cuando el malayo pronunció las últimas palabras, el viejo lobo de mar frunció el ceño y, acercándose a Babalatchi, dijo con cierta ironía:


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