Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Pero, bueno, ¿cree usted que he venido aquà para matar a ese hombre? ¡Hable claro!
—¿Y a qué otra cosa ha podido venir, tuan? —repuso Babalatchi—. Recuerde lo que ha hecho. Él fue envenenando poco a poco nuestros oÃdos, hablándonos de su poderÃo, de lo fácil que serÃa vencerle a usted y a su asociado, ese señor de Sambir. Y si usted no ha venido a matarle, entonces o yo estoy loco… —Hizo una pausa, se golpeó fuertemente su pecho desnudo y terminó—: ¡O yo estoy loco, o lo está usted!
El capitán le miró con desdeñosa serenidad. Encontraba lógico, después de todo lo que le habÃan contado de Willems, que aquel hombre pensara que él habÃa ido a matar al traidor. Se sintió indulgente hacia el indÃgena, y repuso:
—Está usted furioso contra Willems, amigo tuerto. Pero a mà me parece que tiene usted mucho que ver con lo que ha ocurrido últimamente en Sambir.
—Que yo perezca bajo su mano, ¡oh, tuan! —repuso el malayo con énfasis, oriental—, si le engaño. Se encuentra usted entre sus enemigos, entre sus mayores enemigos. Ese hombre, Willems, también es su enemigo, pues Abdulah no hace nada sin consultárselo… Y yo mismo, a pesar de sentir un gran respeto por usted, ¡oh, rajá del mar!, no tendrÃa más remedio que obedecer las órdenes de Abdulah. ¡Y ahora, si quiere, máteme!