Un vagabundo de las islas

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El capitán, que hasta entonces se había mostrado sereno y tranquilo, sintió que la cólera hervía en su pecho al oír las palabras del indígena. Y, avanzando hacia él con los puños cerrados, rugió:

—¿Qué dice, cerdo inmundo? ¿Que usted también es enemigo mío? ¿Usted? ¡Qué más quisiera! ¡Salga!

Y le empujó hasta el umbral, siguiéndole luego a la diminuta veranda de madera en que terminaba la escalera que daba acceso a la cabaña. Los remeros, que se calentaban alrededor del fuego, volvieron la cabeza en dirección a los dos hombres, y luego extendieron de nuevo sus manos hacia las llamas. Las mujeres que trabajaban con las herramientas en sus manos callosas, bajo los cobertizos del arroz, se detuvieron un instante para mirar al capitán y se pusieron a cuchichear luego.

—¿Es éste el camino? —preguntó Lingard a Babalatchi en voz alta, señalando la puertecita que comunicaba el huerto con el campo donde estaba la casa de Willems.




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