Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Si busca la muerte, ése es el camino —repuso Babalatchi en voz baja y con ironÃa, como un hombre que ya no se emociona por nada, por monstruoso y absurdo que sea—. Como le he dicho, allà vive ese hombre, que ha sabido vencer y dominar a sus amigos, que se alegró de la muerte de mi amo Omar, adelantándola a fuerza de disgustos, y que en unión de Abdulah tramó primero un complot contra usted y luego contra mÃ. ¡Qué vergüenza! Yo me he dejado engañar como un niño. Pero vaya usted si se empeña.
—Yo voy donde quiero —repuso Lingard con energÃa y desdén—. Y usted puede irse al diablo, si ése es su gusto. Ya no le necesito. Las ideas de todos estos mares se humillarán ante mÃ, ante el rajá Laut, que seguirá sirviendo con la mejor voluntad a los indÃgenas. Pero escúcheme bien: cuando yo me vaya, no me importa lo que puedan hacer con ese hombre. Y conste que le digo esto porque soy humano y compasivo.