Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¿Lo que hagamos con él? —repuso Babalatchi encogiéndose de hombros—. Yo no haré nada, ¡pobre de mÃ! Yo estoy al servicio de Abdulah, y ya no me preocupo de ese hombre, se lo juro. Puede tener la seguridad de que la lección me ha abierto mucho los ojos. Ya no hay hombres honrados y rectos en ninguna parte. En cuanto a ustedes, los blancos, son crueles con sus amigos, y en cambio piadosos y dulces con sus enemigos. Y eso, ¡oh rajá de los mares!, eso es lo que hacen los locos y los insensatos.
Y se marchó hacia el rÃo, sin volver ni una sola vez la cabeza, desapareciendo pronto de la vista de Lingard, oculto por la niebla que flotaba sobre las aguas y que invadÃa las verdes orillas.
El capitán se volvió hacia sus remeros y gritó:
—¡Eh, vosotros! En cuanto comáis un poco de arroz, estad dispuestos con los remos. ¿Habéis oÃdo?
—¡Está bien, mi amo! —repuso la voz de AlÃ, levantándose un instante junto al fuego—. SÃ, amo, le hemos oÃdo.