Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lingard empujó entonces la puertecilla de madera, dio algunos pasos, ya dentro del campo donde estaba anclada la casa de Willems, y se detuvo al fin. Una ráfaga de aire más frÃo agitó las matas y las ramas de los árboles. Instintivamente, Lingard levantó la cabeza, con un movimiento tÃpicamente marinero, de hombre acostumbrado a mirar al cielo a cada instante. Sobre él, las nubes, negras, espesas y amenazadoras, se apelotonaban, precursoras de una tormenta terrible.