Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Cuidado!
El tono con que fue pronunciada esta palabra, proferida por una voz cascada y aguda, estremeció al capitán, que frunció levemente el ceño y miró a un lado y a otro. No veía a nadie. Los ojos agudos y vivos del marino recorrieron en un par de segundos todo el espacio del cercado de la casa de Willems. ¡No había nadie! Vio el gran árbol, las cercas de bambúes, las plantaciones abandonadas, pilas de leña, barriles y sacos vacíos de arroz.
El capitán avanzó entonces de modo que el tronco del gran árbol situado en el centro de la explanada le ocultase a los ojos de cualquiera que pudiese salir de la casa, a la que se subía, como era costumbre en el país, por una escalerilla de madera.
De pronto, Lingard vio surgir tras un montón de leña a una mujer vieja, diminuta y arrugada, que al oír sus pasos se volvió con un leve estremecimiento. La vieja se arrodilló entonces ante una hoguera medio apagada que había cerca de un bosquecillo, y comenzó a soplar las brasas. Lingard pareció vacilar un instante.
Al fin se acercó a ella y le dijo:
—¿Fue usted la que gritó?
—Le he visto entrar —repuso la vieja, sin dejar de soplar las brasas y sin levantar la cabeza—, y por eso lancé el grito de aviso. Es la orden que ella me ha dado.