Un vagabundo de las islas

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—¿Y ella la oyó a usted? —inquirió Lingard, que había comprendido en seguida.

Los puntiagudos hombros de la vieja se alzaron bajo sus ropas de un blanco dudoso. Luego se levantó con dificultad y se acercó con paso trémulo a una pila de leña que se veía junto a la valla de bambúes.

Lingard miró hacia la casa, oyendo el suave ruido producido por unos pies sobre los peldaños de madera. Entonces pudo ver a Aissa, que se dirigía lentamente a la explanada. Después de dar algunos pasos precipitados hacia el gran árbol, la muchacha se detuvo como con súbito terror, y sus ojos miraron ansiosamente a un lado y a otro como si buscara a alguien.

Iba descubierta. Una especie de túnica azul abotonada en uno de sus hombros la cubría de los pies a la cabeza, y formaba a lo largo de su cuerpo una serie de artísticos pliegues. Una trenza de pelo negrísimo dividía su pecho, como una raya de hierro o un pedazo de ébano. Sus brazos desnudos habían caído a lo largo de su cuerpo; tenía las manos abiertas, con los dedos un tanto crispados. Sus anchos hombros y su hermoso pecho le daban el aspecto de una atractiva e interesante figura de teatro.


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