Un vagabundo de las islas

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Había cerrado la puerta de la casa con sumo cuidado, procurando no hacer el menor ruido. Al verla allí, parada en medio de la senda, con los ojos muy abiertos y las manos crispadas, inmóvil, pero con una inmovilidad que tenía algo trágico, a Lingard se le antojó una figura sobrenatural, una mujer de mármol, una estatua que hubiera surgido del suelo bajo aquel cielo brumoso y amenazador, indiferente a la tormenta que se cernía sobre su cabeza y a los aleteos furiosos del viento huracanado, que agitaban su túnica como una bandera desplegada.

Después de mirar hacia lo alto de la casa de Willems, Lingard salió de detrás del árbol y avanzó despacio hacia la muchacha.

La súbita fijeza de los ojos negrísimos y enormes de la joven y el leve temblor de sus manos, hicieron comprender al capitán que le había visto.

Al observar que él seguía avanzando en dirección a la casa, Aissa dio unos pasos rápidos y vivos y, cerrándole el camino, extendió los brazos en forma de cruz.

Sus ojos, enormemente abiertos e inmóviles, relucieron con un brillo que reflejaba a la vez el odió, el horror y la cólera. Sus labios se estremecieron un instante como si fueran a hablar, pero ningún sonido salió de su boca.

Durante un momento, ambos guardaron un silencio en el que parecía flotar una tragedia inevitable.


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