Un vagabundo de las islas

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Un tanto turbado y violento, Lingard se detuvo y miró a la muchacha con dura y fría curiosidad. Al fin murmuró en tono sereno y respetuoso:

—Déjeme pasar. He venido aquí para hablar con ese hombre. ¿Está escondido? ¿Acaso la ha mandado a usted a mi encuentro?

La muchacha avanzó un paso y se acercó más a Lingard con los brazos extendidos. En voz muy baja, y moviendo levemente su linda cabecita, dijo:

—Ese hombre no conoce el miedo. Ha sido mi propio miedo el que me ha hecho venir al encuentro de usted. Él está durmiendo todavía.

—¡Oh! Ya ha dormido bastante —contestó Lingard en el mismo tono sereno y tranquilo—. Tengo que verle, y debe levantarse. Vaya usted y avísele, si no quiere que lo llame yo mismo desde aquí. Si yo le grito, conocerá mi voz en seguida, pues la ha oído muchas veces.

Y sin poder contenerse, el capitán apartó las manos extendidas de la muchacha, como si fuese a continuar andando hacia la casa.

—¡No vaya usted, por favor! —murmuró Aissa, cruzando las manos y cayendo de rodillas a los pies de Lingard, con tal rapidez que pareció segada por una guadaña.


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