Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lo rápido e inesperado del movimiento hizo que Lingard se estremeciera ligeramente y diese un paso atrás.
—¿Cómo? ¿Qué es eso? —exclamó a media voz, en el colmo del asombro. Y añadió en tono duro y decidido, de mando—: ¡Levántese!
Ella obedeció inmediatamente, y permaneció inmóvil, mirándole con temor, tÃmidamente, temblorosa y humilde, dudando y dando a entender a Lingard, por el brillo de sus ojos de fuego, que en aquel momento relucÃan como dos ascuas, su propósito de no ceder aunque le costara la vida.
El capitán añadió con mayor severidad:
—¡QuÃtese de delante! Usted es la hija de Omar, y debe saber que cuando dos hombres tienen que tratar noble y francamente un asunto a la luz del dÃa, las mujeres han de callar y sufrir su propio destino sin intentar ninguna violencia.