Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Las mujeres! —contestó la muchacha con ironÃa y vehemencia—. SÃ, es verdad: yo soy una mujer. Ante sus ojos, ¡oh, rajá Laut!, yo soy una mujer como las otras. Pero usted no conoce mi vida, no sabe mi historia. Usted no sabe, no puede saber. Yo he asistido a cien batallas, lo mismo que usted; he oÃdo mil veces silbar junto a mi cabeza las balas y las granadas, y he sentido caer sobre mà las ramas y las hojas de los árboles arrancadas por la metralla; he visto millares de manos coléricas que se alzaban empuñando armas llenas de sangre; he visto a los hombres caer muertos alrededor, como pobres insectos pisoteados, lanzando gritos de miedo, de horror y de rabia impotente; he velado el sueño de los fugitivos exhaustos, y he contemplado cuadros de tragedia, visiones de infierno, dÃas tormentosos y noches largas y terribles como las pesadillas de la guerra. Y yo —añadió la hermosa muchacha con un acento a la vez triste y altivo—, yo he hecho frente a tempestades en el mar, con mi padre, en barcos miserables; he sostenido en mi regazo a los remeros muertos de sed, de fatiga o de hambre, y luego he cogido los remos y he remado por ellos, sin que muchas veces se enteraran los que iban conmigo de que habÃa muerto un hombre y yo ocupaba su lugar. ¡Todo eso he hecho yo, y ésa ha sido mi vida! ¿Cuál ha sido la suya?