Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El tono de aquellas palabras y la energía con que fueron pronunciadas tuvieron la virtud de dejar al capitán inmóvil y atento, asintiendo levemente con la cabeza sin darse cuenta de lo que hacía.
Cuando la joven cesó de hablar, lanzó un largo suspiro. En sus grandes ojos negros, que entonces tenían un reborde blanco y azulado alrededor de las pupilas, brillaba una doble llama, que era algo así como el fuego de su corazón.
Después de un largo silencio, que pareció dar más énfasis y acentuar el significado de sus palabras, la hermosa muchacha añadió con leve amargura:
—¡Y yo me he arrodillado a sus pies! ¡Ah, qué horror!
—Usted —dijo al fin Lingard, siempre con su tono sereno y reposado, impregnado en aquel instante de cierto énfasis admirativo— es una mujer excepcional, cuyo corazón basta y sobra para colmar el amor de un hombre. Pero, de todos modos, usted es una mujer, y yo, el rajá Laut, no tengo que decirle nada, no puedo decirle nada de lo que tengo que decir a ese hombre.