Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Ella le escuchó inclinando la cabeza, en un movimiento de forzada atención. La voz del marino sonaba en sus oídos, en sus pobres oídos de mujer apasionada y enloquecida, distante e irreal, como las voces que oímos en sueños, que no podemos comprender y a las que nos es imposible contestar. ¡Aquel hombre no tenía nada que decirle, no quería decirle nada!
Entonces Aissa se retorció dolorosamente las manos, y, levantando la vista, contempló aquellas nubes indiferentes y frías, aquel cielo que había visto el nacimiento de su amor, que había oído sus palabras y sus apasionados suspiros, sus esperanzas y sus anhelos, que había sido testigo de su lucha interior, de sus deseos, de sus miedos, que había presenciado sus locas alegrías, su rendimiento y su derrota final. Y le pareció que iba a morir, abandonada de todos, abandonada de sus propias fuerzas, porque no podía proteger con su pecho y con su amor al hombre querido.
Lingard, avanzó un paso, y aquel leve movimiento hizo prorrumpir a la muchacha en una catarata de palabras febriles y desordenadas: