Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Eso es mentira, y te guardarás mucho de decir que fui tuya antes de casarnos! —gritó la mujer, levantando los brazos al cielo y acercando amenazadoramente su rostro al de Willems—. Lo que ocurre es que al fin rompo mis cadenas. Tú te pavoneabas por ahÃ, dándotelas de superhombre, mientras yo sufrÃa aquà en silencio. No sabÃas hablar más que de tu superioridad, creyéndote poco menos que un dios. ¿Dónde está ahora tu grandeza? ¿Dónde está…? Ahora yo tendré que vivir de la caridad de tu amo. Hudig mismo me lo ha mandado a decir por Leonardo. Y tú te irás, a seguir haciendo el grande en otro sitio… y a reventar de hambre. ¡SÃ, a reventar de hambre! ¡Al fin puedo respirar! ¡Esta casa es mÃa!
—¡Basta! —exclamó Willems extendiendo la mano con enérgico ademán.
La mujer retrocedió, volvió a coger al niño en sus brazos y, cayendo en una silla, estrechó al pequeñuelo contra su pecho y comenzó a golpear el suelo con el tacón, furiosa y obstinadamente.