Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¿Cómo? —contestó atónito Willems—. ¿Usted también? ¡Si no la he tocado! Pero ¿es que estamos en un manicomio? —Dio unos pasos hacia la escalera, mientras Leonardo soltaba la barra de hierro, que produjo al caer un largo gemido metálico. Entonces se volvió a su mujer—: Dices que tú lo esperabas, ¿no es asÃ? Entonces, esto es una conspiración en toda regla contra mÃ, ¿verdad? ¿Quién llora y gime por ahà dentro? Alguien de tu preciosa familia, ¿no es cierto?
La mujer, que estaba ya más calmada, dejó al niño en su silla de brazos y avanzó hacia el marido vibrando de cólera:
—Es mi madre, ¿sabes?, mi madre, que quiere defenderme de ti, ¡de ti, un hombre sin patria, un vagabundo!
—¡No me llamabas vagabundo el dÃa que te echaste en mis brazos… antes de casarnos! —replicó Willems, fuera de sÃ.