Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Salió de espaldas, sin dejar de mirar a su marido con ojos a la vez colérico y llenos de espanto. Willems permaneció allí sin darse cuenta de lo que le pasaba, incapaz de pronunciar una palabra. ¿A qué se debía la cólera de su mujer? ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué le había hecho él? Sin duda, aquél era el día en que todas las injusticias se acumulaban sobre su cabeza. Primero, Hudig; después, su propia esposa… Experimentó un súbito terror al pensar en aquel aborrecimiento de su mujer, que había sabido vivir oculto durante tantos años. Intentó hablar de nuevo, pero Joana, que estaba junto al umbral, gritó otra vez, y Willems sintió que un puñal invisible le atravesaba el corazón. Volvió a levantar la mano. Pero la voz de la mujer rasgó el silencio que envolvía la casa:
—¡Socorro! ¡Socorro!
—¡Calla, no seas loca! —murmuró Willems entonces, procurando ahogar la voz de su esposa y el llanto del niño, al tiempo que golpeaba furiosamente la pequeña mesa forrada de cinc.
Al pie de la escalera apareció Leonardo, que acababa de surgir de los sótanos del bungalow, donde estaban instalados el cuarto de baño y los lavaderos. Llevaba una barra de hierro en la mano derecha, y gritó en tono rudo y amenazador:
—¡Cuidado con pegarle, Mr. Willems! Es usted un salvaje… No se parece usted a los otros blancos.