Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El niño despertó a los gritos de su madre y rompió a llorar débilmente.
—¡Joana! —murmuró Willems, en el colmo del asombro y la sorpresa.
—¡No me hables! Hace muchos años que soñaba con decirte esto. Eres un ser inmundo y despreciable, que has disfrutado siempre pisándome. Pero yo esperaba esto. Ahora ya no te temo. No te necesito, y no quiero que te acerques más a mÃ. ¡Puf…!
Y como Willems hiciese un leve ademán de súplica, ella, fuera de sÃ, añadió, gritando:
—¡Vete, vete! ¡No quiero verte más! ¡QuÃtate de mi vista!