Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Había levantado la cabeza, y al mirar a su mujer encontró los ojos de ella fijos en él, con una inmovilidad aterradora. En los ojos negros de Joana, que parecían mucho mayores de lo ordinario, se reflejaba una expresión de locura. El niño, hundido el sucio rostro en un hombro de la madre, dormía dulcemente. El silencio que reinaba en la casa sólo era turbado por los gritos que lanzaba el papagayo, enardecido al oír hablar a su dueño. Y Willems experimentó tal sorpresa que se quedó boquiabierto, frunciendo luego el ceño.
Su mujer, con un gesto en el que se mezclaba el desafío y un inmenso desprecio, murmuró al fin:
—¡Oh, el gran hombre…!
Aquellas palabras, y aún más el tono en que fueron pronunciadas, causaron el efecto de un escopetazo en el ánimo de Willems, que la miró con los ojos muy abiertos. Pero ella, en tono cada vez más altivo, añadió ensañándose:
—¡Oh, el gran hombre! ¿Y tú crees que yo voy a marcharme ahora contigo, para morirme de hambre? Ahora no eres nada, no tienes nada. ¿Crees que mi madre y Leonardo me dejarían irme contigo? ¿Marcharme de aquí? ¿Y contigo? ¿Contigo…?
Y al pronunciar estas palabras en tono cada vez más alto, la mujer miraba a derecha e izquierda, buscando un sitio por donde tener segura la retirada.