Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems pensaba que obraba sagazmente proyectando lo que proyectaba… Comprendía que hay cosas sagradas en la vida que no se pueden olvidar ni eludir. El matrimonio es una de ellas, y él no era hombre para romperlo bruscamente así como así. Esta moral, surgida en el fondo de su alma en aquellos momentos tan solemnes, le causó una profunda satisfacción. Y con la cabeza baja, sin atreverse todavía a mirar a su mujer, aguardó a que ella dijese algo, a que hiciera algún comentario, algún reproche… Él la consolaría entonces, la calmaría, le haría ver la necesidad que tenían de marcharse, y pronto. ¿Adónde? ¿Cuándo? Lo antes posible. Lo demás era secundario. Lo principal era salir de la ciudad y de la isla a la mayor brevedad posible.
Willems sintió entonces la necesidad de precipitar aquella partida, y exclamó en tono algo impaciente:
—Bien, Joana; movámonos. No debemos estar aquí cruzados de brazos, cuando nuestra marcha se impone hasta tal punto. Es preciso que…
Se interrumpió.