Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Fue un momento difícil y doloroso. Habló lentamente, vacilando, comenzando por evocar la dureza de su lucha en los comienzos de su vida, a pesar de lo que esto repugnaba a su orgulloso temperamento. Luego confesó a su mujer que había perdido la colocación que tenía, y que iba a ser preciso llevar una vida más dura y penosa. Seguro como estaba de haberla hecho feliz, de haber colmado todos sus deseos y necesidades materiales, no dudaba que ella estaría dispuesta a ayudarle en el nuevo camino que iban a tener que emprender. Tendrían que marcharse; dejar aquella casa, salir de la isla, irse a un sitio donde nadie los conociera, donde ellos no conociesen a nadie… Era duro, pero no había más remedio. Él se abriría paso en donde fuera, y encontraría hombres más justos y rectos que el viejo y odioso Hudig.

La mujer le escuchó con la cabeza baja y un aspecto tan triste que Willems sintió que desaparecían sus últimas fuerzas. Al fin se decidió a añadir, sonriendo con amargura y sin mirarla:

—Tú tienes el dinero que dejé aquí esta mañana, ¿verdad, Joana? Vamos a necesitarlo ahora.

Hubo una pausa.


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