Un vagabundo de las islas

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En una rápida mirada hacia el jardín, Willems vio a su esposa. Bajó los ojos instantáneamente y esperó a que ella se acercara. La mujer entró y fue a sentarse al otro extremo de la mesa. Willems callaba, observando de reojo la bata roja de Joana, que tanto conocía. Siempre iba vestida con aquella bata roja, que formaba cola y ondulaba con sus movimientos de serpiente; una bata sucia y deshilachada por los bajos, en la que se enredaban las hojas secas y la broza del jardinillo. Willems levantó la vista poco a poco, fijándola en el pecho de su mujer, fláccido y liso, y en la clavícula puntiaguda y lamentable, que ponían de manifiesto el desarreglo y la indiferencia de Joana. Vio el delgadísimo brazo de su esposa y la mano huesuda que abrazaba y sostenía al niño, y experimentó un insoportable disgusto, una irresistible aversión hacia aquellos dos seres, que se le aparecieron como obstáculos infranqueables en el camino de su vida.

Willems esperó a que su esposa pronunciara alguna palabra; pero al ver que permanecía silenciosa, con la vista fija en él, se decidió a hablar.





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