Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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No se atrevió a entrar en el comedor, a pesar de que la puerta estaba abierta. Sobre la mesa se veía una labor con la aguja clavada, como si acabara de ser abandonada por unas manos afanosas. El papagayo encerrado en una jaula se asustó al verle aparecer, y comenzó a subir y a bajar torpemente de su alcándara, al tiempo que llamaba repetidamente «¡Joana, Joana!» con una voz chillona que prolongaba la última sílaba. El biombo de la puerta se movió dos o tres veces a impulsos de la dulce brisa de la tarde, y Willems, cada vez que esto ocurría, se estremecía ligeramente, creyendo que era su mujer, sin atreverse a levantar los ojos del suelo y aguzando el oído para ver si escuchaba el ruido de los pasos de Joana. Luego se sumió en sus pensamientos. ¿Qué actitud adoptaría su mujer al saber la terrible noticia? ¿Cómo ejecutaría en adelante sus órdenes? ¿Seguiría siendo la mujer dulce y sumisa que había sido hasta entonces? En su preocupación llegó a olvidar el miedo que le causaba la idea de verla aparecer. ¿Qué iba a ser de él en adelante? ¿Tendría que volver a aceptar la carga de aquella vida horrible que antes había llevado? Claro está que no podría abandonar ni a su mujer ni al niño, que quedarían en la miseria. ¡El hijo y la esposa de Willems, el hombre feliz, conocido por su inteligencia y su astucia! En cambio, ahora, ¿qué era él? Era un… Estranguló el pensamiento apenas nacido en su mente, y lanzó un débil suspiro. Sí; ya se veía otro hombre. Aquella noche no podría hablar, como de costumbre, en su peña del billar, entre aquellos hombres que le admiraban y le escuchaban boquiabiertos. Algunos de ellos le debían incluso dinero, pero él no apremiaba a nadie; por el contrario, cuando alguien aludía a su pequeña deuda, Willems le interrumpía dándole palmaditas en la espalda, haciendo gestos evasivos e invitándole a jugar una partida. Por esto le llamaban en tono jocoso «el príncipe de la bondad». Pero Willems, que conocía bien el corazón humano, no se engañaba: todas aquellas gentes se alegrarían de su caída. Bien es verdad que él los despreciaba a todos. ¡Un hatajo de idiotas! Y Willems hizo un ademán inmensamente despectivo, cerrando el puño y amenazando a un enemigo invisible… Esto tuvo la virtud de asustar aún más al papagayo, que aleteó repetidamente al tiempo que lanzaba una serie de sonidos inarticulados.


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