Un vagabundo de las islas

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Antes de que pudiera contestarse a esta pregunta se encontró en el jardín de su linda casita, de aquella casita que era el regalo de bodas de Hudig. Se sorprendió de encontrarse allí. Su pasado había llegado a borrarse de tal modo de su mente que le parecía mentira que aquella preciosa villa que sonreía entre jardines no le hubiera pertenecido siempre. El bungalow parecía sonreír al claro y dorado sol de aquella calurosa tarde. Era de una arquitectura graciosa, lleno de puertas y ventanas sostenidas por ligeras columnas que se hundían en un mar de verdor y de flores, y circundado por bellas verandas. Las glicinas y las enredaderas trepaban hasta los aleros, festoneando de todos los colores los contornos de la casa. Lentamente, Willems subió los doce escalones que conducían a las verandas. En cada escalón tenía que detenerse. Pensó que tendría que decírselo todo a su mujer. Se estremeció, y este estremecimiento aumentó su turbación hasta lo inverosímil. Era inexplicable que él temblase ante la idea de que su mujer pudiera reprocharle algo. Nada como aquello podía haberle dado la medida de la enormidad de su catástrofe. Era otro hombre. Una vida y una conciencia nuevas acababan de surgir en él. Y si temblaba al pensar en aquella mujer, era porque ya se reconocía débil, indigno y cobarde.



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