Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lo supo días después. Mr. Winck, al oír el ruido de una puerta, se puso instintivamente en pie. Hacía rato que oía un gran rumor de voces en el inmediato despacho de Mr. Hudig. La puerta dio paso a Willems, que salió como una fiera que escapara de su cubil. Winck y los chinos que trabajaban en el almacén le miraron con el ceño fruncido. ¿Qué le pasaba a aquel hombre? Willems salió casi corriendo, mirando afanosamente la puerta en forma de arco, pues pensaba que al otro lado de ella podría encontrar al fin todo el aire que necesitaban sus pulmones… Y al verse en la calle corrió jadeando hacia su casa.
Cuando el sonido de los insultos de Hudig comenzó a debilitarse en sus oídos, el sentimiento de vergüenza que le había invadido en un principio desapareció de su espíritu, dando paso a una cólera formidable contra sí mismo y contra el cúmulo de circunstancias que habían originado la catástrofe. ¡Y todo por su culpa! ¡Qué idiota había sido! Toda su culpa, todo su delito, podía definirse diciendo que había cometido una locura, una estupidez. No se reconocía. Había estado loco, completamente loco. Y ahora veía destruido su paciente trabajo de tantos años. ¿Qué iba a ser de él?