Un vagabundo de las islas

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III

Las oportunidades y las tentaciones eran demasiado frecuentes para Willems, y bajo la presión de una necesidad, de un apuro inesperado, había abusado de aquella confianza que era su orgullo, el timbre de su gloria y de su inteligencia. Una racha de mala suerte en el juego, el fracaso de un pequeño negocio emprendido por su cuenta, y una inesperada petición de dinero de dos o tres miembros de la familia Da Souza, y he aquí que, sin darse cuenta, Willems se encontró con que había olvidado las reglas y las leyes de su buena conducta anterior. No se explicaba cómo había llegado a extraviarse en aquella especie de zarzal de la vida, después de tantos años de durísima experiencia, de cruel y angustiosa soledad. Hubo un instante en que experimentó una especie de angustia infinita, un terror profundo y sincero. Pero Willems, a falta de ese valor que atropella todos los obstáculos y sabe escalar todas las alturas, poseía una paciencia a toda prueba, una paciencia que le hacía atravesar por el lodo o el cieno para llegar a un sitio cuando no disponía de otro sendero. Lenta, pacientemente, empezó el trabajo de restituir el dinero sustraído, poniendo todo su empeño en no ser descubierto. El día que cumplió treinta años había logrado casi redimir su deuda, después de una labor constante y hábilmente llevada a cabo. Al fin se veía ya a salvo. De nuevo miraba hacia el porvenir con legítimo optimismo, volando otra vez en alas de su vieja ambición. Nadie se atrevería a sospechar de él, y al cabo de pocos días no tendría ya nada que temer. Estaría completamente rehabilitado. Pero Willems ignoraba que su prosperidad había alcanzado ya el punto culminante, y que pronto se iba a iniciar el reflujo en la marea de su vida.


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