Un vagabundo de las islas

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—Bien. Y dígale al cerdo aquel que como no haga mejor las cosas le voy a romper todos los huesos, ¿eh? —terminaba el terrible comerciante, enjugándose con un pañuelo de seda, grande como una sábana, el sudor que le cubría a todas horas el rostro.

Willems se marchaba entonces silenciosamente, cerrando con cuidado la puerta verde que daba paso al almacén. Hudig, con la pluma en la mano, le oía luego regañar al encargado del almacén antes de regresar a su mesa, de la que solía coger un papel o unas cartas, volviendo a salir después y saludando al pasar a Mr. Winck, que experimentaba un irreprimible disgusto cada vez que Willems regañaba a los indígenas. Y al fin, seguido desde lejos por la mirada despreciativa de Winck, se perdía entre las pilas de fardos y cajas del almacén y salía a la calle.








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