Un vagabundo de las islas

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—Bien, no lo intente usted, amigo mío, no lo intente usted —acababa por aconsejar el patrón, volviendo a inclinarse sobre su mesa y prosiguiendo su trabajo, mientras Willems esperaba, silencioso e inmóvil, hasta que se atrevía a preguntar:

—¿No me manda usted nada, Mr. Hudig?

—¡Hum…! Sí, sí… Vaya usted mismo a Bun-Hin y cuídese de ver si está listo el dinero que se ha de enviar a Ternate en el correo. El buque debe de llegar aquí esta tarde.

—Sí, señor.

—¡Ah, escuche! Si el barco no llegase, deje usted la caja en el depósito de Bun-Hin hasta mañana. Séllela previamente. Ocho sellos, como de costumbre, ya sabe usted. Y no la pierda de vista hasta que sepa si viene el buque o no.

—Bien, Mr. Hudig.

—No olvide usted las cajas de opio. Son para esta noche. Haga usted que las lleven nuestros propios marineros, ¿eh? Que las lleven desde el Carolina a la barca… Y no me venga usted luego con la historia como la del otro día, de que se había caído una caja al mar, ¿eh? —añadía el patrón, mirando con ojos asesinos a su empleado de confianza.

—No, Mr. Hudig. Tendré cuidado.


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