Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Con el tiempo, Willems llegó a convertirse muchas veces en el patrón de Lingard. Experimentaba cierta simpatía por su antiguo bienhechor, aunque le inspiraban un silencioso desdén sus viejos métodos comerciales. Además, Lingard era rico, y esta sola circunstancia habría bastado al holandés para admirarle y respetarle. En sus conversaciones confidenciales con Hudig, el holandés, al nombrar a su antiguo protector, decía siempre «¡Ese loco simpático!», con un tono despreciativo que hacía que su jefe le mirara unos instantes en silencio.

—Bueno, y a todo esto, ¿no ha podido usted averiguar dónde diablos encuentra el capitán tanto contrabando, y lo que hace de él? —solía preguntar Hudig a menudo.

—No, señor, no —respondía Willems invariablemente—. Pero no me duermo. Ya lo averiguaré todo.

Hudig se encogía de hombros, comentando con escepticismo:

—¡Sí, sí, ya lo averiguará usted todo! Por muy hábil que sea usted… Yo llevo cerca de treinta años tratando con él, y no he podido averiguar nada. ¡Es un zorro viejo! —Y tras una pausa, añadía—: ¿No ha intentado usted alguna vez hacerle beber?

—No, Mr. Hudig, nunca lo he intentado —respondía Willems, muy serio.


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