Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Lingard supo en menos de media hora la vulgar historia de Willems. Su padre era un empleado de poca categoría de una casa armadora de Rotterdam; su madre había muerto. El chico había sido siempre muy listo, aprendiéndolo todo, pero fuera de la escuela. En su casa se vivía muy estrechamente, pues eran muchos hermanos. El padre se pasaba el día trabajando en el muelle, y luego, por la noche, acompañaba a los turistas a los sitios baratos de placer, volviendo tarde a casa medio enfermo o borracho. Más tarde, el ofrecimiento del amable capitán del buque Kosmopoliet IV, que se brindó a llevar en su barco a un hijo de un viudo, fue aprovechado por el padre. Willems fue el escogido. El muchacho no sentía inclinación alguna por el mar, aunque le gustaba mucho contemplarlo. Sentía un desprecio absoluto por todos los trabajos de los hombres de mar, incluso el de los capitanes de barco. Al oír esto, Lingard se ofreció de nuevo a enviar el joven a Europa; iría en un buque inglés, que lo dejaría en Londres. Pero Willems rogó que le permitiera quedarse en Oriente. Pronto supo perfectamente el inglés y se amoldó a su nuevo ambiente. Al cabo de algún tiempo, Lingard encontró una gran ayuda en el joven holandés. Conforme crecía, sus instintos mercantiles y su afición por el comercio se desarrollaban maravillosamente en Willems, y el capitán Lingard comenzó a confiarle algunos asuntos. A menudo le dejaba en algunas de las islas que visitaba con su barco, mientras él iba a los puertos vecinos del archipiélago. Como Willems le hiciera saber su deseo de entrar al servicio de la Casa Hudig, Lingard no puso reparo alguno, y el holandés se convirtió en un empleado más de Hudig. A pesar de que Lingard experimentó con ello un dolor sincero, ya que le había tomado afecto a su protegido, no dejó de hablar favorablemente de él en la Casa. El capitán no creyó nunca que el joven holandés llegara a escalar ningún alto puesto; pero pronto se convenció de lo contrario, al ver que, a la vuelta de pocos años, Willems llegó a ser el hombre de confianza de Hudig. Y se complacía en contar a todo el mundo el oscuro origen de su protegido y la forma en que lo había encontrado aquella noche memorable, muerto de hambre, en un puerto de la India, convertido en un esqueleto…